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EXTRAÑAMENTE TRANQUILA

 - escritura automática -

Estoy cenando sola en un restaurante en una plaza.
Me he pillado moviendo la pierna, como si estuviera intranquila, es algo que nunca hago.
Mi pensamiento está enfocado en que estoy sola en la plaza y me siento extraña. 
Solo veo parejas y grupos. Bueno, y una mujer sola como yo. 
Creo que las personas que están solas, viajando, habitando, son seres seguros, que están en paz con ese momento. Pero yo no. Habito una fachada de tranquilidad, transmito que sé lo que quiero, que no tengo prisa. Pero no es así. No paro de pensar que sigo aquí, extrañamente, sintiendo que estoy fuera de lugar. Pero doy un sorbo a mi cerveza y parece que disfruto. Esa mujer que está sola, como yo, sí debe estar en paz, porque está leyendo un libro y tienes que estar muy en paz con tu mono interior para poder centrarte en leer un libro en una terraza de un restaurante en una plaza. También para, observa y sonríe, y bebe una copa de vino blanco. 
Consigo detener mi pensamiento con otra señora que ríe mucho y se divierte con un hombre que hace pompas gigantes de jabón.  Ella va a cenar con un grupo, pero está tan contenta que se levanta a reír mientras también intenta hacer pompas, y ríe, mucho. Y vuelve a su mesa y sigue riendo. Parece feliz. Quien sabe. 
He dejado de pensar en mí por un momento.
Pero sigo moviendo la pierna. Parece un tic que no tengo, aunque ahora sí. Termino mi cerveza. La señora feliz le da una moneda al hacedor de pompas y la señora que estaba en paz sigue leyendo su libro ajena al resto de circunstancias.
Cuando ya no sea la primera vez que estoy sola viajando y deje de tener este tic, me dedicaré a mirar personas que ríen. Me gusta. 
Cuando pensaba en mí tenía prisa en irme, sentía que estaba fuera de lugar, pero ahora que ya tengo que pagar y después de ver esa señora reír felizmente, estoy extrañamente tranquila y mi pierna al fin está quieta.

EN CONSTANTE TRANSFORMACIÓN

Caminamos nuestra rutina a diario: los mismos pasos, el mismo camino, la misma hora. Nos cruzamos con las mismas caras, repetimos la misma sonrisa, el mismo saludo automático. Y sin embargo, detrás de esa aparente repetición, algo cambia constantemente. Yo no soy la misma de ayer. Cada día, sin que nadie lo note, estreno una versión distinta de mí.

¿Dónde ocurre esa transformación silenciosa? ¿En qué paso se descose lo viejo para dar espacio a lo nuevo? ¿En qué momento exacto mi interior se acomoda a una forma diferente de ser? En esa continuidad predecible también habitan las grietas donde el interior se reinventa. En esa constancia se ocultan momentos invisibles de cambio, de cierre, de comienzo. Y me lo pregunto, mientras rutinamos, de todos los días que atravesamos con piloto automático, ¿en cuántos dimos una sonrisa auténtica, y en cuántos nos envolvimos en un cordial disfraz? A veces, alguien me ve a la misma hora, en el mismo lugar, y cree que nada ha cambiado. Pero sin saberlo, ha sido testigo del cierre silencioso de una etapa. Quizás no lo notaste, pero mientras cruzábamos miradas, nacía una nueva versión de mí.

GESTIONAR NO ES SOSTENERLO TODO

Hay días en los que abrimos el correo, revisamos el calendario, reorganizamos prioridades y sin embargo, algo dentro se desajusta. No es trágico. No es urgente. Es apenas una vibración sutil, como si el cuerpo supiera -antes que la mente- que sostenerlo todo ya no es sostenible.

La palabra gestión ha sido sinónimo de control hasta ahora: de organización, planificación, eficiencia, productividad. Gestionar es prever, optimizar, medir. Pero ese paradigma, profundamente funcional, deja fuera algo fundamental: la experiencia humana. Porque no todo lo que atraviesa un día se puede meter en una tabla. Ni todo lo importante se puede resolver con una reunión y un calendario.

Gestionar, hoy, implica algo más complejo: vivir entre lo concreto y lo intangible. Tomar decisiones, sí, pero también sentir sus consecuencias. Resolver problemas, claro, pero sin desconectarse de lo que esas soluciones exigen internamente. Porque no es lo mismo "resolver" que "atravesar".

En ese cruce entre lo operativo y lo emocional, aparece una tensión constante: la de sostenerse mientras se sostiene. Y ahí es donde muchas veces fallamos, no por falta de capacidad, sino por exceso de exigencia. Por seguir creyendo que ser funcional es no detenerse, no aflojar, no mostrarse vulnerable.

Pero, ¿qué pasaría si empezamos a pensar la gestión no solo como control, sino también como escucha? ¿Y si soltar, perderse un poco, dejar espacios sin llenar, también fuera parte del trabajo?

La gestión emocional es parte inevitable del hacer. El estrés, la incertidumbre, el miedo a no llegar, la frustración cuando nada sale como se esperaba. Todo eso se cuela en las tareas más rutinarias. Y lo que no se reconoce, se filtra. Lo que no se nombra, se acumula.

Aprender a gestionar, entonces, también es aprender a perder el control sin colapsar. A discernir qué vale la pena sostener y qué se puede soltar. A entender que la productividad sin pausa termina siendo una trampa. Que a veces, no hay que optimizar nada. Solo respirar. Nombrar. Sentir.

Porque gestionar no es sostenerlo todo. Es saber qué dejar caer sin perderse del todo en la caída. Es aprender a ser humano entre tareas, emociones y pausas. Y en ese equilibrio inestable, encontrar —a veces— una forma más honesta de avanzar.


SENTIMIENTOS HOMÓGRAFOS

Si algo me pasa a mí, y nadie más lo ve.
¿Ha pasado?

Todo el tiempo del mundo

Los sentimientos son diferentes para cada persona, aunque los llamemos de la misma manera. Muchas veces, cuando me invade alguna sensación que solo yo puedo experimentar en mi interior y el tiempo pasa, me pregunto si realmente sucedió, si es real, o si solo he disfrazado un recuerdo. Algo que sucedió, que viví junto a otros, y que ahora tan solo yo visualizo. Quiero creer que las personas siguen siendo las mismas, que lo que sentimos en aquel momento permanece intacto. Pero en cada etapa, las personas dejamos de ser las mismas, y aunque el sentimiento perdure, evoluciona, y aquello que compartimos, quizás para ti, haya desaparecido.

EL AFILADOR DE RECUERDOS

A primeras horas de la mañana, recostada en la cama, despeinada y con los ojos a medio abrir, escucho una melodía encantadora, de esas que se pegan sin pedir permiso. Proviene de la calle. Alguien la hace sonar una y otra vez, como un eco persistente. Con cada segundo que pasa, parece acercarse un poco más.

Es el joven afilador de cuchillos, empujando su vieja bicicleta y soplando su flauta de pan. Hacía mucho que no lo escuchaba. Y no puedo evitarlo: esa melodía, tan particular, siempre me transporta años atrás, a otra vida, a otro lugar, cuando cada mañana me asomaba a la ventana solo para verlo pasar y tocar.

EN VERANO TODO ES DISTINO

Es realmente increíble tener la posibilidad de pasear por la playa durante el frío invierno, abrigada hasta los pies, sintiendo la arena húmeda bajo los pasos y el mar en calma acariciando la orilla.

Esa simple escena te devuelve la consciencia del tiempo: ayer caminabas descalza, con el cuerpo (semi)desnudo bajo el sol, y hoy te vigilas con cuidado para que el agua no alcance tus zapatos.

En verano, todo es distinto.
O en invierno, según cómo se mire...

LLUEVE SOBRE MOJADO

A veces el mundo se siente ajeno.

Un día te levantas y todo pesa. Nada es como debería ser, los engranajes no encajan y tú no sabes quién eres. Pero no puedes quedarte quieta. Un impulso sin razón aparente te mueve y, de pronto, te cruzas con una sonrisa y te ríes.

La felicidad se cuela, una tregua breve en la tormenta, una ilusión que te sostiene, que te hace creer que todo puede funcionar, y entiendes que, aunque no seas quien crees que deberías ser, encajas, imperfecta y real, en este mundo en el que también llueve sobre mojado.